Regreso. (El tiempo, lo que fué, el devenir, lo que viene…)

Regresé.

Este hiato no tan breve fué a causa de las obligaciones propias de vivir en sociedad.

¿Cuántas veces no mediatizamos la experiencia?

Demasiadas

Involuntariamente en la mayoría de los casos, pero siempre intervenimos para desvirtuar lo percibido con matices y auras; con interpretaciones testarudamente erradas. Es imposible contar la miriada de ocaciones donde sin actuar, pensar ni sentir, dejamos que lo percibido se vea empapado de la humedad de nuestros prejuicios.

Constructos de la experiencia, lamentos de nuestras heridas y delirios de nuestros placeres. Lejos de importar la etiqueta que les brindemos, somos una consecuencia de esa serie de retazos y parches que la vida junto al tiempo ha cosido en tenue luz con manos frías de otoño tardío. Torpe por decirlo de algún modo.

Asimismo llevamos y creamos constantemente, constructos personales que apresuramos en marcar como opiniones, cuando no califican ni remotamente como balbuceos desinformados. Decoloran rápidamente ante la más mínima exposición a la razón.

Lo que fué…
Es lo que se puede denominar como anterior, el pasado pues. Claramente sus consecuencias vienen a nosotros y es posible recordarlas. Nuestro pasado es un cenotafio de lo vivido. La clave para descifrar lo sucedido es alejarse y unir los puntos. Mirar hacia atrás (a pesar de siempre mirar con nuevos ojos empañados y turbios por las vivencias nuevas) es un evento bien inexacto. Tomando evidencia en consideración, interpretaciones nuevas saldrán sin haber cambiado los hechos, sólo por mirar despues. Casi como un efecto cuántico macroscópico.

El durante.
Un sabor del presente aún diluido en el pasado, también es un recuerdo. Estar consciente de lo que sucedió y sucederá, pero no a expensas del momento.

El devenir.
Ese nosotros que buscamos, muchas veces pasivamente ser, ese yo que consideramos tan importante, pero es sólo un grano de arena más.

Lo que viene después:
Que curioso que nuestro poder predictivo, sea conveniente y perjudicial tantas veces como se ejerce. Estoy ahora mismo en la posición de señalar que fué desde tiempos ancestrales que la predicción se estableció para controlar. Hallar los patrones naturales que perpetuaran la predicción fenomenológica, sin lugar a dudas permitió a los antiguos controlar a sus iguales para hacerse superiores a estos.

El problema del tiempo y del ser es obvio a mis ojos, ego. Nosotros guardamos ese deseo de transcender tan vivo, tan voraz, que no soportamos lo corto de nuestra existencia y de nuestra vida. Nos preguntamos que será de nosotros, antes de que llegue el fin. Inventamos legados, tradiciones y modos diversos para sobrevivir el fin. Sin ánimos a cuestionar lo vivo o lo consiente, me permito ante usted señalar que todo lo que piensa, siente con sentimientos y percibe con intelecto lo que los sentidos no le brindan; quiere trascender.

Históricamente se refugiaron en la búsqueda de mecanismos que prolonguen la vida, que permitan volver a ser jóvenes o al menos disminuyan la erosión del tiempo sobre el cuerpo y el intelecto. Este fué el primer tipo de inmortalidad, la del cáliz, la de la cura, un elixir que nos salve. Luego se propuso buscar la inmortalidad mediante la resucitación, el renacer en el mismo cuerpo, curado. Vivir luego de la muerte súbita con la salud restaurada, las heridas curadas y las cicatrices borradas. Claramente la búsqueda de un método para detener el fin de la vida y retornar de la muerte no fué de fácil concepción más allá del juego mental y la pobre esperanza.

Luego nos inventamos una solución… digamos pintoresca. El renacer ya no en el mismo cuerpo, sino en otro. Reencarnar le llaman. Una manera de volver a nacer, que algunos proponen en otros mundos inclusive y otros señalan que en otras especies. Pero como si no bastase, nos inventamos un modo más desconectado de lo físico pero igualmente lleno de fantasía, vivir de un modo etéreo, el alma le llaman. Algo no material que nos permitiría vivir prescindiendo de nuestra forma física.

Desde una perspectiva concienzuda, no es sensato darle credibilidad a ninguna de estas teorías. Así que se formuló otra teoría de la inmortalidad, la posibilidad de alcanzarla mediante las consecuencias de nuestros actos. De nuestro legado, de nuestros familiares. Dar por entendida nuestra capacidad de alcanzar más allá de nuestro existir sólo con lo que dejamos antes de morir. Amor, Enseñanzas, Fama, Poder, Dinero, Familia, Escritos, Cultura.

Debido que el miedo a la muerte es natural pero no racional, y que la muerte ocurre cuando ya nuestra existencia terminó, no tendremos la capacidad de percibir ese evento. Por ello la muerte no nos debe preocupar.

A fin de cuentas, la muerte no es una manera de elevarnos a un cielo, de llevarnos a otro plano, de cruzar una dimensión o de trascender. La muerte es esa dilación infinita, un cese. Es el fin de la conciencia y no se puede experimentar en primera persona.

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